jueves, 10 de mayo de 2012

Historia de una Madre



De Hans Christian Andersen

Estaba una madre sentada junto a la cuna de su hijito, muy afligida y angustiada, pues temía que el pequeño se muriera. Éste, en efecto, estaba pálido como la cera, tenía los ojitos medio cerrados y respiraba casi imperceptiblemente, de vez en cuando con una aspiración profunda, como un suspiro. La tristeza de la madre aumentaba por momentos al contemplar a la tierna criatura.
Llamaron a la puerta y entró un hombre viejo y pobre, envuelto en un holgado cobertor, que parecía una manta de caballo; son mantas que calientan, pero él estaba helado. Se estaba en lo más crudo del invierno; en la calle todo aparecía cubierto de hielo y nieve, y soplaba un viento cortante.
 Como el viejo tiritaba de frío y el niño se había quedado dormido, la madre se levantó y puso a calentar cerveza en un bote, sobre la estufa, para reanimar al anciano. Éste se había sentado junto a la cuna, y mecía al niño. La madre volvió a su lado y se estuvo contemplando al pequeño, que respiraba fatigosamente y levantaba la manita.
 -¿Crees que vivirá? -preguntó la madre-. ¡El buen Dios no querrá quitármelo!
 El viejo, que era la Muerte en persona, hizo un gesto extraño con la cabeza; lo mismo podía ser afirmativo que negativo. La mujer bajó los ojos, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Tenía la cabeza pesada, llevaba tres noches sin dormir y se quedó un momento como aletargada; pero volvió en seguida en sí, temblando de frío.
 -¿Qué es esto? -gritó, mirando en todas direcciones. El viejo se había marchado, y la cuna estaba vacía. ¡Se había llevado al niño! El reloj del rincón dejó oír un ruido sordo, la gran pesa de plomo cayó rechinando hasta el suelo, ¡paf!, y las agujas se detuvieron.
 La desolada madre salió corriendo a la calle, en busca del hijo. En medio de la nieve había una mujer, vestida con un largo ropaje negro, que le dijo:
 -La Muerte estuvo en tu casa; lo sé, pues la vi escapar con tu hijito. Volaba como el viento. ¡Jamás devuelve lo que se lleva!
 -¡Dime por dónde se fue! -suplicó la madre-. ¡Enséñame el camino y la alcanzaré!
 -Conozco el camino -respondió la mujer vestida de negro pero antes de decírtelo tienes que cantarme todas las canciones con que meciste a tu pequeño. Me gustan, las oí muchas veces, pues soy la Noche. He visto correr tus lágrimas mientras cantabas.
 -¡Te las cantaré todas, todas! -dijo la madre-, pero no me detengas, para que pueda alcanzarla y encontrar a mi hijo.
 Pero la Noche permaneció muda e inmóvil, y la madre, retorciéndose las manos, cantó y lloró; y fueron muchas las canciones, pero fueron aún más las lágrimas. Entonces dijo la Noche:
 -Ve hacia la derecha, por el tenebroso bosque de abetos. En él vi desaparecer a la Muerte con el niño.
 Muy adentro del bosque se bifurcaba el camino, y la mujer no sabía por dónde tomar. Se levantaba allí un zarzal, sin hojas ni flores, pues era invierno, y las ramas estaban cubiertas de nieve y hielo.
 -¿No has visto pasar a la Muerte con mi hijito?
-Sí -respondió el zarzal- pero no te diré el camino que tomó si antes no me calientas apretándome contra tu pecho; me muero de frío, y mis ramas están heladas.
Y ella estrechó el zarzal contra su pecho, apretándolo para calentarlo bien; y las espinas se le clavaron en la carne, y la sangre le fluyó a grandes gotas. Pero del zarzal brotaron frescas hojas y bellas flores en la noche invernal: ¡tal era el ardor con que la acongojada madre lo había estrechado contra su corazón! Y la planta le indicó el camino que debía seguir.
Llegó a un gran lago, en el que no se veía ninguna embarcación. No estaba bastante helado para sostener su peso, ni era tampoco bastante somero para poder vadearlo; y, sin embargo, no tenía más remedio que cruzarlo si quería encontrar a su hijo. Se echó entonces al suelo, dispuesta a beberse toda el agua; pero ¡qué criatura humana sería capaz de ello! Mas la angustiada madre no perdía la esperanza de que sucediera un milagro.
-¡No, no lo conseguirás! -dijo el lago-. Mejor será que hagamos un trato. Soy aficionado a coleccionar perlas, y tus ojos son las dos perlas más puras que jamás he visto. Si estás dispuesta a desprenderte de ellos a fuerza de llanto, te conduciré al gran invernadero donde reside la Muerte, cuidando flores y árboles; cada uno de ellos es una vida humana.
-¡Ay, qué no diera yo por llegar a donde está mi hijo! -exclamó la pobre madre-, y se echó a llorar con más desconsuelo aún, y sus ojos se le desprendieron y cayeron al fondo del lago, donde quedaron convertidos en preciosísimas perlas. El lago la levantó como en un columpio y de un solo impulso la situó en la orilla opuesta. Se levantaba allí un gran edificio, cuya fachada tenía más de una milla de largo. No podía distinguirse bien si era una montaña con sus bosques y cuevas, o si era obra de albañilería; y menos lo podía averiguar la pobre madre, que había perdido los ojos a fuerza de llorar.
-¿Dónde encontraré a la Muerte, que se marchó con mi hijito? -preguntó.
-No ha llegado todavía -dijo la vieja sepulturera que cuida del gran invernadero de la Muerte-. ¿Quién te ha ayudado a encontrar este lugar?
-El buen Dios me ha ayudado -dijo la madre-. Es misericordioso, y tú lo serás también. ¿Dónde puedo encontrar a mi hijo?
-Lo ignoro -replicó la mujer-, y veo que eres ciega. Esta noche se han marchitado muchos árboles y flores; no tardará en venir la Muerte a trasplantarlos. Ya sabrás que cada persona tiene su propio árbol de la vida o su flor, según su naturaleza. Parecen plantas corrientes, pero en ellas palpita un corazón; el corazón de un niño puede también latir. Atiende, tal vez reconozcas el latido de tu hijo, pero, ¿qué me darás si te digo lo que debes hacer todavía?
-Nada me queda para darte -dijo la afligida madre pero iré por ti hasta el fin del mundo.
-Nada hay allí que me interese -respondió la mujer pero puedes cederme tu larga cabellera negra; bien sabes que es hermosa, y me gusta. A cambio te daré yo la mía, que es blanca, pero también te servirá.
-¿Nada más? -dijo la madre-. Tómala enhorabuena -. Dio a la vieja su hermoso cabello, y se quedó con el suyo, blanco como la nieve.
Entraron entonces en el gran invernadero de la Muerte, donde crecían árboles y flores en maravillosa mezcolanza. Había preciosos, jacintos bajo campanas de cristal, y grandes peonías fuertes como árboles; y había también plantas acuáticas, algunas lozanas, otras enfermizas. Serpientes de agua las rodeaban, y cangrejos negros se agarraban a sus tallos. Crecían soberbias palmeras, robles y plátanos, y no faltaba el perejil ni tampoco el tomillo; cada árbol y cada flor tenia su nombre, cada uno era una vida humana; la persona vivía aún: éste en la China, éste en Groenlandia o en cualquier otra parte del mundo. Había grandes árboles plantados en macetas tan pequeñas y angostas, que parecían a punto de estallar; en cambio, se veían míseras florecillas emergiendo de una tierra grasa, cubierta de musgo todo alrededor. La desolada madre fue inclinándose sobre las plantas más diminutas, oyendo el latido del corazón humano que había en cada una; y entre millones reconoció el de su hijo.
-¡Es éste! -exclamó, alargando la mano hacia una pequeña flor azul de azafrán que colgaba de un lado, gravemente enferma.
-¡No toques la flor! -dijo la vieja-. Quédate aquí, y cuando la Muerte llegue, pues la estoy esperando de un momento a otro, no dejes que arranque la planta; amenázala con hacer tú lo mismo con otras y entonces tendrá miedo. Es responsable de ellas, ante Dios; sin su permiso no debe arrancarse ninguna.
De pronto se sintió en el recinto un frío glacial, y la madre ciega comprendió que entraba la Muerte.
-¿Cómo encontraste el camino hasta aquí? -preguntó.- ¿Cómo pudiste llegar antes que yo?
-¡Soy madre! -respondió ella.
La Muerte alargó su mano huesuda hacia la flor de azafrán, pero la mujer interpuso las suyas con gran firmeza, aunque temerosa de tocar una de sus hojas. La Muerte sopló sobre sus manos y ella sintió que su soplo era más frío que el del viento polar. Y sus manos cedieron y cayeron inertes.
-¡Nada podrás contra mí! -dijo la Muerte.
-¡Pero sí lo puede el buen Dios! -respondió la mujer.
-¡Yo hago sólo su voluntad! -replicó la Muerte-. Soy su jardinero. Tomo todos sus árboles y flores y los trasplanto al jardín del Paraíso, en la tierra desconocida; y tú no sabes cómo es y lo que en el jardín ocurre, ni yo puedo decírtelo.
-¡Devuélveme mi hijo! -rogó la madre, prorrumpiendo en llanto. Bruscamente puso las manos sobre dos hermosas flores, y gritó a la Muerte:
-¡Las arrancaré todas, pues estoy desesperada!
-¡No las toques! -exclamó la Muerte-. Dices que eres desgraciada, y pretendes hacer a otra madre tan desdichada como tú.
-¡Otra madre! -dijo la pobre mujer, soltando las flores-. ¿Quién es esa madre?
-Ahí tienes tus ojos -dijo la Muerte-, los he sacado del lago; ¡brillaban tanto! No sabía que eran los tuyos. Tómalos, son más claros que antes. Mira luego en el profundo pozo que está a tu lado; te diré los nombres de las dos flores que querías arrancar y verás todo su porvenir, todo el curso de su vida. Mira lo que estuviste a punto de destruir.
Miró ella al fondo del pozo; y era una delicia ver cómo una de las flores era una bendición para el mundo, ver cuánta felicidad y ventura esparcía a su alrededor.
La vida de la otra era, en cambio, tristeza y miseria, dolor y privaciones.
-Las dos son lo que Dios ha dispuesto -dijo la Muerte.
-¿Cuál es la flor de la desgracia y cuál la de la ventura? -preguntó la madre.
-Esto no te lo diré -contestó la Muerte-. Sólo sabrás que una de ellas era la de tu hijo. Has visto el destino que estaba reservado a tu propio hijo, su porvenir en el mundo.
La madre lanzó un grito de horror:
-¿Cuál de las dos era mi hijo? ¡Dímelo, sácame de la incertidumbre! Pero si es el desgraciado, líbralo de la miseria, llévaselo antes. ¡Llévatelo al reino de Dios! ¡Olvídate de mis lágrimas, olvídate de mis súplicas y de todo lo que dije e hice!
-No te comprendo -dijo la Muerte-. ¿Quieres que te devuelva a tu hijo o prefieres que me vaya con él adonde ignoras lo que pasa?
La madre, retorciendo las manos, cayó de rodillas y elevó esta plegaria a Dios Nuestro Señor:
-¡No me escuches cuando te pida algo que va contra Tu voluntad, que es la más sabia! ¡No me escuches! ¡No me escuches!
Y dejó caer la cabeza sobre el pecho, mientras la Muerte se alejaba con el niño, hacia el mundo desconocido.


martes, 10 de abril de 2012

Cleopatra

Poca certeza se tiene sobre la muerte de Cleopatra y lo que se sabe ronda entre el mito y la leyenda.
Cleopatra Filopator Nea Thea, mejor conocida como Cleopatra VII, aparentemente se suicidó al dejarse morder por una serpiente.
Se dice que sus criadas le llevaron una cesta llena de frutas con una cobra egipcia escondida adentro, que terminó matándola.
La fama de Cleopatra trascendió porque además de ser la máxima gobernante de Egipto, logró someter a los romanos que intentaron ocupar su país.

Lejos de una lucha armada, la mujer utilizó un arma más sutil pero también más efectiva: La seducción.
Primero se convirtió en amante de Julio César, quien la restituyó en su trono. Fruto de esa relación, Cleopatra engendró un hijo con César, sin embargo Julio fue asesinado en Roma tras un complot.
Tras la muerte de César, ella i
ntentó repetir la maniobra seduciendo a su inmediato sucesor, el cónsul Marco Antonio, que por aquel entonces luchaba con Augusto por el poder.
Una vez más un dignatario romano fue presa de los encantos de la mujer, sin embargo, el desenlace fue funesto.
Se presume q
ue Cleopatra se quitó la vida al saber que su amante Marco Antonio se había matado con su propia espada al creerla muerta.
Sin embargo existe otra versión que establece que la reina de Egipto se suicidó al saber que el emperador romano Octavio, quien era el sucesor de Antonio, iba a llevarla a Roma como trofeo d
e guerra, y antes de esa humillación, escogió la muerte.
Antes de fallecer escribió una misiva a Octavio en la que le comunicaba su deseo de ser enterrada junto a Marco Antonio, y así se hizo. Hasta el día de hoy se desconoce la ubicación de la sepultura.
Se sabe positivamente que su aspecto no era el de una egipcia, sino más bien el de una griega.
A Cleopatra se le ha atribuido una belleza excepcional, sin embargo grabados y dibujos hallados, dan
testimonio que su encanto radicaba en su personalidad más que en su aspecto físico.
Cleopatra era inteligente y tenía facilidad para aprender idiomas, según Plutarco, por lo que era usual que interviniera en discusiones diplomáticas. Era erudita en ciencias y se rodeaba de intelectuales.
Por ello, la fama de Cleopatra ha trascendido a lo largo de los siglos como una verdadera leyenda.



lunes, 9 de abril de 2012

Elogio al infierno de una dama

Algunos perros que duermen en la noche
deben soñar con huesos
y yo recuerdo tus huesos en la carne
o mejor en ese vestido verde oscuro
y esos zapatos de tacón alto
negros y brillantes,
siempre puteabas cuando estabas borracha,
tu pelo s
e resbalaba de tu oreja
querías explotar de lo que te atrapaba:
recuerdos podridos de un pasado podrido,
y al final escapaste muriendo,
dejándom
e con el presente podrido.
Hace 28 años que estás muerta
y sin embargo te recuerdo
mejor que a cualquiera de las otras
fuiste la única que comprendió la futilidad del
arreglo con la vida.
Las demás sólo estaban incómodas
con segmentos triviales,
criticaban absurdamente al viejo indecente
Jane, te asesinaron por saber demasiado.
vaya un trago por tus huesos
con los que este viejo perro sueña todavía.

Charles Bukowski.

jueves, 22 de marzo de 2012

Ataúdes colgantes


Colgando en estacas de madera de grandes riscos a 50 o hasta 100 metros de altura, miles de ataúdes llevan reposando cientos y hasta miles de años en el sur de China.
Esta antigua práctica que se desarrolló en la antigua China, es hasta ahora uno de los granes misterios qu
e no han logrado ser descifrados.
Los sepulcros que penden de los precipicios, y que por su extraña y majestuosa naturaleza han sido incluidos entre las reliquias culturales de preservación del país.
En algunos sitios se congregan hasta cerca de mil ataúdes con sus respectivos restos en el interior.

Aunque todavía se desconoce cómo llegaban a poner en las alturas estos cajones fúnebres, se presume que antes de colocar el ataúd, los deudos tallaban en la roca sólida de los acantilados agujeros para incrustar las estacas que servirían de soporte a los cajones.
En otros lugares se tallaba la piedra de las paredes o cavernas donde se instalaba el ataúd y también eran apilados los cajones mortuorios en cuevas o grietas de las paredes.
El ataúd, hecho generalmente de madera, era más ancho en su parte superior y más angosto en la inferior, y se ensamblaba con broches de presión y espigas. Se acostaba al difunto boca arriba y con el cuerpo envuelto en sudario de lino. Los artículos funerarios, cuya cantidad
variaba, se disponían a los pies. Se incluían entre ellos objetos de cerámica, bambú, madera, hierro, tejidos de lino y de seda. El material predominante era el lino.
Lo cierto es que no se sabe en qué época se inició esta práctica, pero sí que concluyó durante la dinastía Ming.
Muchos de los ataúdes de la región de Bawuxia, situados en la orilla del río Yangtsé, en la región de las Tres Gargantas, tienen en su interior a una pareja, por lo que se cree que cuando uno de los hombres de la localidad moría se mataba a una mujer para que le hiciera compañía en el más allá.

jueves, 15 de marzo de 2012

Retratos de Vida y Muerte

Entre la vida y la muerte hay tan sólo… dos fotos.

Muchas veces nos hemos preguntado ¿qué hay más allá de la muerte?
Lo cierto es que pocas veces nos hemos cuestionado lo que piensa la gente que sabe que tiene sus días contados.
Existimos personas que creemos que no le tememos a la muerte y a veces hasta la desafiamos.
Sin embargo al tenerla de frente, muchas veces nuestra perspectiva suele cambiar.
Aquí les dejo la serie fotográfica Life Before Death, que exhibió en el Wellcome Collection de Londres.
Esta serie de retratos de personas tomadas antes y después de morir es un reto y conmovedor estudio. Nada nos enseña más sobre la vida que la muerte en sí.
La periodista Lakotta Beate que grabó las entrevistas con los sujetos en sus últimos días y el fotógrafo Walter Schels les pidió permiso para retratarlos una vez que hubieran muerto.
Lejos de ser pesimista, estas íntimas preocupaciones de los moribundos revelan la transitoriedad de la vida, y nos hacen dudar de lo que a menudo damos por hecho.






Edelgard Clavey, 67 años
Primer retrato:

5 de Diciembre de 2003
Segundo retrato:
4 de Enero 2004

"La muerte es una prueba de su madurez. Todo el mundo tiene que llegar a ella por su propia cuenta. Deseo enormemente morir. Quiero ser parte de esa gran luz extraordinaria. Morir es un trabajo muy duro. La muerte es parte del proceso, no puedo influir en su curso. Todo lo que puedo hacer es esperar. Me dieron mi vida, tuve que vivir, y ahora la estoy regresando".








Maria-Hai Anh Tuyet Cao, 52 años
Primer retrato:
5 de Diciembre de 2003

Segundo retrato:

15 de Febrero de 2004
"La muerte no es nada", dice María. No es eterna. Después, cuando nos reunimos con Dios, nos volvemos un ser hermoso. Sólo somos llamados de nuevo a la tierra si se sigue conectado a otro ser humano en los últimos segundos.









EllyGenthe, 83 años
Primer retrato:
31 de Diciembre de 2002
Segundo retrato:

11 de Enero de 2003

"Mi corazón se detendrá (si me quedo aquí en el hospital). Esto es una emergencia!

No quiero morir! ".










BeateTaube, 44 años

Primer retrato:
16 de Enero de 2004
Segundo retrato:

10 de Marzo de 2004

Beate había estado recibiendo tratamiento para el cáncer de mama y se dio cuenta de que iba a morir. Ella incluso fue a ver la tumba donde sería enterrada.










RitaSchoffler, 62 años

Primer retrato:
17 de Febrero de 2004
Segundo retrato:

10 de Mayo de 2004
"Durante semanas, todo lo que quería era morir. Pero ahora me encantaría tener la oportunidad de participar en la vida por última vez…"







Heiner-Schmitz, 52 años
Primer retrato:
19 de Noviembre
de 2003

Segundo retrato:

14 de Diciembre de 2003
Los amigos de Heiner no querían que estuviera triste y estaban tratando de animarlo y sacar de su mente la mala situación en la que estaba. Ellos vieron el futbol con él como siempre solían hacerlo: Trajeron cervezas y cigarrillos, había una pequeña fiesta en la habitación. "Algunos de ellos incluso le decían “mejórate pronto", ya que se retiraban; "Espero que estés pronto de regreso amigo!'", Dice Heiner, irónicamente. "Pero nadie me pregunta cómo me siento. No se dan cuenta? ¡Me voy a morir! "








GerdaStrech, 68 años
Primer retrato:
5 de Enero 2003
Segundo retrato:
14 de Enero de 2003


"¿Tiene que suceder ahora? No pudiera esperar la muerte? ¿Dónde está Dios ahora?"








Roswitha Pacholleck, 47 años
Primer retrato:
31de Diciembre de 2002
Segundo retrato:
6 de Marzo 2003

"Es realmente absurdo. Es sólo ahora que tengo cáncer que, por primera vez, realmente quiero vivir ".








PeterKelling, 64 años
Primer retrato:
29 de Noviembre de 2003

Segundo retrato:
22 de Diciembre de 2003

“ Sólo tengo 64 años. No debí desperdiciarlos".









Barbara Gröne, 51 años
Primer retrato:
11 de Noviembre de 2003

Segundo retrato:
22 de Noviembre de 2003

"Es como si fuera rechazada por la vida misma".







KlaraBehrens, 83 años
Primer retrato:
6 Febrero 2004
Segundo retrato:
3 de Marzo 2004
"Me pregunto si es posible tener una segunda oportunidad en la vida. No lo creo. Yo no le tengo miedo a la muerte. Tan sólo seré uno de los millones de millones de granos de arena en el desierto…"


martes, 13 de marzo de 2012

120 Días de Sodoma

"Es ahora, querido lector, cuando hay que preparar tu corazón y tu espíritu al relato más impuro que jamás ha sido hecho desde que el mundo existe, no encontrándose un libro semejante ni en los antiguos ni en los modernos”.
Marqués de Sade

Mucho se ha hablado del Marqués de Sade, un personaje que durante más de 200 años ha sido considerado un monstruo, un sujeto lleno de perversión y maldad.

Las obras de Donatien Alphonse Françoise, son de un contenido extremadamente crudo que es muy difícil de leer. La violencia, alto grado sexual y hasta prácticas antinaturales son parte de los temas tratados en sus obras.

Sin embargo lejos de la perversión pura, el Marqués de Sade era un gran opositor del sistema de la Francia imperial de finales de 1700.

Sade fue un férreo crítico de la sociedad de aquel entonces, un escritor que evidenció la corrupción de la Iglesia y un ideólogo liberal contra el sistema político.

Pero su perdición fueron sus prácticas sexuales, las cuales lo llevaron a estar preso varias ocasiones. En una de ellas estando de la célebre Bastilla, fue cuando escribió algunas de sus más grandes obras.

Los 120 Días de Sodoma, es un de los textos que mayor controversia ha causado.

El libro fue escrito en un rollo de papel en treinta y siete días, del 22 de octubre de 1785 al 28 de noviembre de ese mismo año.

La historia narra la aventura de cuatro libertinos que se reúnen y formulan un plan para ocupar 120 jornadas en los más inimaginables excesos sexuales, para lo cual redactan un código que ordenará el gran desorden carnal de cada una de sus largas sesiones de desenfreno.

Sade expone de forma cruda y hasta grotesca la corrupción a la que lleva el exceso y el abuso del poder, aspectos que denuncia en sus obras y que forman parte de los ideales del movimiento de Ilustración.

En la primera parte describe a los personajes detalladamente y las últimas 3 partes, enumera las atrocidades correspondientes a las pasiones.

La primera parte usa un lenguaje barroco y pletórico de adjetivos voluptuosos y lúbricos acomodados poéticamente, pero el final se torna brutal.

Siento que es una obra inconclusa pues las últimas partes hasta están marcadas como “borrador” y pasan a ser una triste lista de acciones sexuales atroces, que incluso algunas son anatómica y biológicamente imposibles.

Sin embargo hay que darle crédito a Sade, por su prodigiosa memoria, pues lleva la trama incluso en los borradores de casi 40 personajes distintos y qué les ha ocurrido a cada uno, y también por la tremenda imaginación para figurar extrañas y depravadas formas de placer.

Sade sostiene que el placer sólo se deriva del poder y ascendencia que tenga uno sobre el prójimo. Lo resume en una frase.

“No basta con sentir el placer. Tu víctima debe ser miserable”.

domingo, 11 de marzo de 2012

El vampiro de sonrisas



La sonrisa se le había borrado del rostro

Nunca supo con certeza qué sucedió.

¿Cómo fue que esa vampiresa lo había convertido en un vampiro?

Sin darse cuenta, una noche de luna llena, la hermosa chica de ojos negros y profundos, se enamoró de su sonrisa.

Ella se había propuesto arrancarle esa extraña y simpática mueca de su rostro, pero la única forma de hacerlo, era con un beso.

Eso no fue nada complicado para una mujer tan hermosa y el joven cayó rendido ante los labios de aquella doncella.

Esa fue una noche mágica para él, compartir el lecho con esa hermosa mujer fue lo mejor que le pudo pasar en su vida. Estaba enamorado.

Al despertar a la mañana siguiente notó que sus labios sangraban y ella no estaba.

De pronto se percató que su sonrisa había desaparecido de su cara, pero él lo atribuyó a la tristeza de no encontrar a la mujer de quien se enamoró perdidamente.

También notó que el sol le lastimaba, que la luz del astro rey quemaba su blanquecina piel, por lo que tuvo que ocultarse en la oscuridad.

Se dio cuenta que era un vampiro.

Sus intentos de buscar a la chica que se convirtió en su verdadero amor, se volvió una obsesión para él.

El semblante de su cara palideció, sus ojos, antes llenos de vida, ahora se veían sin brillo.

Sin embargo, lo más evidente, fue la ausencia de esa expresión en sus labios. Ya casi no recordaba cómo era su sonrisa.

No fue capaz de encontrar a aquella furtiva ladrona, por lo que buscó una sonrisa que sustituyera a la perdida.

Los ataques del vampiro de sonrisas comenzaron a presentarse todas las noches por la ciudad.

Todas las mujeres comentaban la historia de ese enigmático ser que les succionaba el alma a través de los besos.

Pero al final todas ellas la recuperaron, pues no tenían lo que el vampiro buscaba y anhelaba.

Una noche lluviosa, el vampiro vagaba errante por las calles, y de pronto un frío recorrió su cuerpo. Allí estaba.

Como si fuera la luz de la luna, aquella sonrisa (su sonrisa) irradiaba luz nacarada en la oscuridad. Era ella, aquella vampiresa le sonreía coquetamente al verlo de frente.

El vampiro estaba listo para atacar, se acercó a la mujer de sus sueños y la besó sensualmente con el firme propósito de que le devolviera lo suyo…pero entonces, se detuvo.

Comprendió que aquella, su sonrisa, encajaba mejor en el rostro de su amada, y dejó que ella la conservara.

Si vida (por así llamarlo) ya no tenía sentido, su intensa búsqueda había terminado, pero su alma que antes estaba vacía de pronto se llenó de regocijo al saber que la mujer que adoraba conservaba su sonrisa.

El vampiro se hallaba sumido en esos pensamiento cuando fue sorprendido por el sol. El amanecer atrapó al vampiro y no había lugar donde esconderse.

Ya no hacía falta huir, cerró los ojos y esperó el final.

Antes de desaparecer entre la humareda … una leve y nueva sonrisa se dibujó en su rostro.